Por: Oriel María Siu, Profesora de Estudios Latinos en la Universidad de Puget Sound
La reciente visita del Padre Alejandro Solalinde Guerra al estado de Washington abrió el limitado debate en torno a una reforma migratoria en EEUU. Mientras el congreso estadounidense, los medios de comunicación masivos y las organizaciones pro-reforma migratoria cooptadas por el Partido Demócrata en este país del norte promueven una excesivamente condicionada reforma a las políticas de inmigración, el Padre Solalinde nos recuerda de una cruda y siniestra realidad: la migración del sur hacia el norte en el continente americano no cesará. Miles de personas, como ya es el caso de esta América Ocupada –como la llamaría el historiador Rudy Acuña–, a diario seguirán emprendiendo la ruta hacia el norte pese a más muros alzados, más militarización de la frontera México-EEUU y la implementación de más leyes que sancionen al inmigrante una vez en tierra norteamericana. La reforma no resolverá el problema de fondo y como lo metaforiza el Padre Solalinde: esta reforma es como ponerle una curita al hueco que se le abrió al barco Titanic previo al naufragio. Salvo a ayudarle a unos pocos (después de años de espera, muchos gastos, más criminalizaciones y deportaciones de personas indocumentadas y diversidad de condiciones), el barco terminará por hundirse. Esto, si no resolvemos el problema que creó aquel agujero. Ese problema es de carácter sistémico.
Las condiciones sociales en los países de Honduras, El Salvador y México –de todos en el continente americano los países que más expulsados a diario lanzan al destierro (son miles)– seguirán provocando una masiva emigración. Más de un siglo de saqueo económico por parte de Estados Unidos, políticas de guerra, y ahora la intrusión de medidas económicas neoliberales en estas regiones del sur, han dejado a estos países en condiciones deplorables, forzando a la gente a buscar la sobrevivencia en el norte. No estamos viniendo a EEUU en plan de turistas. La gente no arriesga sus vidas en los trenes de la muerte mexicanos, exponiéndose a secuestros, violaciones y extorsiones por gusto. Tampoco cruza la frontera genocida entre EEUU y México, sus desiertos y las otras trampas de muerte porque le divierten. El migrante expone su vida porque ya todo se le ha negado en su país de origen, quitándosele la posibilidad de ahí existir dignamente. Esta condena en realidad es histórica, aunque la hemos visto recrudecerse a alarmantes escalas en las últimas dos décadas.
Los migrantes pobres, como nos lo recuerda el Padre Solalinde, son evidencia de que el sistema económico neoliberal está en plena crisis. Una reforma migratoria en EEUU no hará más que ayudarle a unos pocos inmigrantes indocumentados (se estima que serán entre unos 3.5 y 6 millones los que podrán beneficiarse de ella), mientras que el flujo de expulsados de los países del sur seguirá teniendo que emigrar. Seguiremos llegando a Estados Unidos y nuestros derechos humanos, bajo las nuevas y viejas leyes, seguirán postulándose en un tercer plano. Esto, si no alzamos nuestras voces y trabajamos por propuestas que vayan más allá de las migajas que nos ofrece el sistema político estadounidense.